Me llamo María A., tengo 50 años, tengo discapacidad física y me declaro fiel seguidora de la modalidad depotiva de aquagym. Soy licenciada en Derecho y, en la actualidad, estudio un Grado de Psicología.

A instancia de mi monitora Montse A. Babiloni me atrevo a relatar, por si de algo sirviera y a los efectos académicos que ella estime oportunos, mi historia relacionada con este deporte. Se trata de una visión personal y ruego me disculpen si no utilizo la terminología adecuada en el ámbito de las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.

Comencé mi andadura en el año 2013, cuando, después de casi 5 años de recuperación tras una intervención de columna, había perdido movilidad y la esperanza de desarrollar actividad física alguna. Por entonces,  un largo paseo, me resultaba imposible de realizar.

Recuerdo con vergüenza el primer día. Mi musculatura era laxa. Me había convertido en un cuerpo amorfo y tenía miedo de no subir bien las escaleras para salir de la piscina, al finalizar la clase. Pero, por encima de todo, temía hacer un ridículo espantoso y que el monitor me expulsara del agua. Sólo duró unos minutos, porque una de las claves principales de esta actividad es la música, que aporta casi de modo automático orden y coordinación de  los movimientos. Por ello, el resto de la clase lo pasé concentrada en seguir el ritmo de los ejercicios. Tardé mucho tiempo en descubrir el enorme trabajo de elección y sincronización que implica el seleccionar la música que nos llevará a todos en función de programa previsto para cada sesión.

Así pasaron dos años cruciales en los que se produjo una evolución física y anímica extraordinaria. Durante este tiempo, actividades básicas cotidianas como vestirse, hacer la compra o permanecer de pié en la cocina, dejaron de ser una aventura y volvieron a ser relativamente sencillas. No obstante, por aquel entonces comenzaron a incluírme en los tratamientos de la Unidad de Dolor del Hospital General de Valencia, habida cuenta de la evolución de mi patología. Cabe decir, que todos los médicos que me han asistido a lo largo de estos años, han recalcado  la necesidad  de practicar cualquier tipo de ejercicio que no tuviese mucho impacto sobre mi columna,  que, al mismo tiempo, me permitiese mantener una musculatura que me sostuviese ante “una torre de naipes” que poco a poco va desequilibrándose y fortaleciese las extremidades que me ayudan, cuando fallan las lumbares o las cervicales, a valerme por mí misma.

No habían transcurrido dos años, cuando en el curso de 2015, me comunican el cambio de entrenador de aquagym. La nueva monitora se llamaba Montse.

Me había habituado a un ejercicio tipo fitness en que se priorizaba el ejercicio aeróbico a un nivel intenso que pretendía acercarse a un entrenamiento deportivo cuasi marcial. Pero, para mi sorpresa, con la nueva profesora llegaron las correcciones posturales y la intensidad en el trabajo muscular. Ya no se trataba de dar grandes zancadas en el agua —cosa que me divertía mucho, porque en ese medio yo era ligera y, desde hacía un par de años previos a mi intervención había aumentado considerablemente mi peso—.

Había aprendido a ayudarme con el agua en los ejercicios de intensidad, de modo que eran el ritmo y el manejo del volumen y movimiento del agua los que me empujaban a seguir lanzando mis piernas con toda su fuerza hacia arriba, sin medida. Por aquel momento, me diagnosticaban numerosas lesiones en las vértebras lumbares y cervicales y comenzaban los tratamientos, mediante radiofrecuencia en quirófano y mediante fármacos, de las diferentes ramas nerviosas afectadas. A pesar de ello, siguen insistiendo los facultativos de traumatología, neurólogos y anestesiólogos del dolor en que, el ejercicio en agua, era fundamental para mantener mi tonicidad muscular y un estado de ánimo que me permitiese  dirigir y disfrutar de una vida que, aunque es maravillosa, va siempre acompañada por el dolor.

Lo que descubrí, al tiempo que evolucionaban mis patologías, era que el aquagym también implica perfección, disciplina y superación. Las clases, con el cambio de profesora, empezaron a ser un ejercicio de perfeccionamiento constante. La corrección postural me llevó años —y aún hoy supone un auténtico reto— y la clase se convirtió en un aprendizaje organizado, sistemático, razonado y progresivo. O al menos así es como yo lo viví.

El trabajo muscular se convirtió en un aspecto con identidad propia y diferenciada del  esfuerzo cardíaco en que tanto se incidía en el aquaeróbico. La respiración comenzó a ser reglada, controlada. No se trataba de respirar para llevar el ritmo casi implacable de los inicios. Mis compañeros y yo descubrimos a través del aquapilates y de los muchos ejercicios de core, cómo coordinarla. De hecho, me gustaría recalcar lo trascendente de este aspecto para mí, porque una de las secuelas de la severa escoliosis que me llevó a la reconstrucción de mi columna, fue la disminución de mi capacidad respiratoria. Más aún, me dejó una secuela  que me dificulta expandir el tórax para dejar que el aire invada mis pulmones plenamente. La rigidez torácica era tal, que pronto aprendí a respirar ayudándome del abdómen. Pero con esta modalidad de aquagym, aprendí a hacerlo rítmicamente, multiplicando la intensidad, consiguiendo que, tras cada clase, todo mi tórax estuviera relajado —al menos durante un par de horas—. La sensación de relajación frente a esa rigidez se convirtió en una necesidad vital; y, por ello, comencé asistir a todas las clases cuando la profesora las amplió a cuatro sesiones semanales.

No puede describirse la satisfacción que supone recuperar por un tiempo  la capacidad de respirar profundamente y notas cómo un tórax rígido, se expande, se abre al amparo de un cuerpo relajado y templado por el esfuerzo y el calor del agua,  no sé cómo transmitirlo.

Otra cosa que también me gustaría destacar —porque me ha ayudado muchísimo— es la expresión facial. Desde el primer día con la nueva profesora me dí cuenta de que su gesto era de disfrute, transmitía alegría y de modo implícito nos llevaba poco a poco a seguirle en su expresión. Aunque sólo fuera por corresponderle, su tesón empujaba a sonreír. Con los años, muchas veces me han comentado el resto de usuarios del gimnasio que, al vernos a todos sonreír a través de la galería de cristal,  parecía que estábamos disfrutando mucho.

Y así es como ha tratado de inducir un estado emocional de felicidad, que, por supuesto cuenta con todos los demás ingredientes como la música, el agua templada, el ritmo, la amabilidad e incluso la expresión facial. El final de la clase siempre es entre risas y euforia, puede que también ayude el hecho de que no se trata de una actividad estrictamente competitiva, pero es de destacar  los beneficios que para el estado de ánimo supone, incluso para alguien que vive con dolor permanente.

Aunque no haya una competición stricto sensu, yo mantuve el reto gracias a las indicaciones y las correcciones de ejecutarlo todo bien – a ser posible lo más perfecto que pudiera y mejor que los demás- de alguna manera yo  encontré un camino hacia la competicion personal, íntima, hacia la mera superación. Aunque cada vez más, me conforme con mantener la voluntad de hacerlo bien.

Me gustaría decir que se aleja mucho de una modalidad deportiva reiterativa o monótona que resulte  tediosa con los años. Ha sido  todo lo contrario, quizá porque me tocó en suerte una monitora excepcional. A lo largo de los años, he descubierto muchas formas hacer  ejercicio en el agua. He hablado del aquapilates, del aquafitness, pero también ha habido baile, juegos acuáticos en grupo, clases de ejercicios en tándem —que nos obligan a mantener la concentración y memorizar las series—. También hacemos clases de aquaboxing, se trata de clases en las que realmente disfruto mucho porque, por un ratito, parece que mi cuerpo es joven, activo, potente. Parece que mis brazos y mis piernas fueran los de una gladiadora y , a estas alturas, eso me parece un sueño. En el último año, también incluye clases intensivas de combinación con diferentes estilos de natación, y aunque me resulta físicamente imposible nadar, porque mis cervicales no lo soportan, he de decir que veo a mis compañeros trabajar, esforzarse y competir hasta llegar al agotamiento….mientras yo permanezco en mi rincón realizando las tablas que, a la vez, va estableciendo mi monitora.

Desde hace años, mi profesora conoce de mis limitaciones, así como  las limitaciones de algunos de mis compañeros, y dentro del desarrollo de la clase, permanece constantemente atenta y concentrada en nuestras capacidades; Va advirtiendo a cada uno, según los casos, de la medida, la intensidad, el límite máximo al que llegar, proporcionando una alerta constante para evitar excesos que luego nos lleven a tener que descansar un par de días por haber  realizado un esfuerzo excesivo. Es increíble ver que este ejercicio de concentración lo desarrolla, no sólo para aquéllos que necesitamos su guía, también lo mantiene con aquéllos alumnos jóvenes y perfectos que, por cansancio, desconcentración o desidia, aflojan el esfuerzo. Tiene una comunicación permanente visual, verbal, gestual con todos. Nadie se escapa de una corrección, de una advertencia, parece que dirige al grupo como si cada uno fuera parte de su orquesta, lo que acaba incidiendo en todos, somos parte de un grupo, y eso ha dado en generar buenas amistades en el curso de los años. Me pregunto si el aspecto positivo de lo social en este tipo de  actividad deportiva  es  tan importante como yo lo veo y si es sólo una consecuencia de esta modalidad o es parte fundamental de la misma.

Poco a poco, he ido intentando perfeccionar el aspecto postural, mantener la cabeza erguida, los hombros bajos, respirar correctamente, no lanzar patadas a lo loco , mantener la tensión hasta el empeine, la enorme importancia de las manos a la hora de generar resistencia con el agua. Me ocupo en mantener la boca cerrada controlando la respiración, sonreir e intentar que no haya pausas entre ejercicios, seguir las indicaciones que me llevan  coordinar las extremidades superiores cuando trabajamos exclusivamente las extremidades inferiores o el core, sin tocar el agua, facilitando el equilibrio gracias al juego de corrientes que generamos. Es sólo por citar alguna de las cuestiones que centran mi atención en el desarrollo de la clase. Hace tiempo que descubrí que el agua es el elemento clave que puede intensificar mi esfuerzo o simplemente mecerme. No es un elemento inerte, es el instrumento que manejamos en el desarrollo de esta disciplina. No es un elemento ambiental, muy al contrario, es un instrumento de debe aprenderse a manejar.

Me gustar subrayar que esta modalidad deportiva tiene una ventaja extraordinaria que la hace especial, en mi  infancia y juventud practiqué, esgrima y natación hasta la saciedad, intentando reforzar una columna que se empeñaba en seguir su evolución natural y retorcerse como un caracol. La clave más importante para mí, es la sensación o el EFECTO ESPEJO, yo lo llamo así porque es como lo veo. Se trata de un esfuerzo ímprobo por parte del tutor/monitor/profesor…que consiste en realizar los mismos ejercicios que nosotros desarrollamos en el agua,  sin descanso. En mi caso, se produce un efecto espejo, creo que el cuerpo perfecto que se mueve  ante mí, es el mío, y quiero hacerlo igual, quiero alcanzar esa altura, quiero lograr la misma posición, el cuello, hombros, brazos, piernas…una copia exacta. Me esfuerzo mucho, muchísimo en hacerlo igual, solo que yo, estoy en el agua, no peso, no siento el enorme impacto en mis vértebras lumbares….ella me ha enseñado a amortiguar constantemente cada salto, nada es al azar, reparto la caída de un salto entre mis rodillas y mis tobillos al tiempo que utilizo el resto del cuerpo que no ejercito para manejar la corriente y también en eso, sigo sus movimientos imaginarios luchando por equilibrar fuerzas.

Aunque mi percepción no sea la de una chica jóven y deportista,  para mí, la práctica de esta actividad física ha supuesto un inicio hacia el objetivo de respirar y mantenerme en pié todo el tiempo que me sea posible. Me empecino en decirles a amigos y familia que es más que una actividad, es deporte, porque me da la opción de superarme siguiendo unas reglas de coordinación, de esfuerzo físico , en un campo que es sencillamente una piscina, y en el que la competición se desarrolla en el ámbito más trascendental de mi vida, mi autonomía. En mi foro interno yo compito frente a mi dolor, mis límites físicos, mis dudas, la certeza de que no voy a mejorar y crecer… pero sí sé que puedo dominar mi voluntad. Compito y lo hago por seguir adelante. Esto lejos de una terapia fisiológica repetitiva y específica, guiada y pautada, consiste en alcanzar metas de perfección, de participación, de disfrute, de superación de las propias habilidades físicas, de resistencia, de autocontrol. Se superar en mi ejecución al grupo, dentro de unas normas de ejercicio dadas, desde la voluntad de ser la mejor —en la medida en que mi capacidad intelectual, física y anímica me lo permitan—.

Gracias Montse por enseñarme un camino que a fuerza de transitarlo, me ha hecho feliz, gracias por obligarme, por obviar las carencias y exigir siempre más. Por enseñarme que siempre se puede luchar, que el esfuerzo y la coordinación además de hacerte crecer, te hacen pertenecer a un grupo. Que somos lo que hacemos cada día. Que la tuya no es una enseñanza lúdica centrada en una coreografía, que tu esfuerzo desde la gravedad nos inspira a seguir tu ejemplo y a mantener tu nivel de exigencia, a dominar mentalmente el dolor y a mantenernos en constante competición frente a nuestra evolución natural. GRACIAS.

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